Rara avis III:




Castel, el clavecín ocular o cómo ver la música

Kandinski, Composicion VIII

Ésta es la historia de un hombre con una idea: la de plasmar la música en forma de color. Cuando el jesuita francés Louis Bertrand Castel (1688-1757) se internó en la aventura del que él mismo denominaría “clavecin pour les yeux”, no sabía las dificultades –sobretodo económicas– con las que se iba a encontrar, pero tan convencido estaba de su proyecto, que pasaría más de 30 años de su vida dedicado casi en exclusiva a su construcción, aunque probablemente moriría sin haber conseguido crear un modelo que le satisficiera.

Matemático que también se dedicaba a la física –conocida por aquel entonces como filosofía de la naturaleza o cosmología–, Castel era un erudito respetado que había escrito varios tratados científicos, entre los cuales el más famoso en su época sería el que dedicó a la melodía de los colores, su Optique des couleurs (1740). Además, Castel era un importante personaje público que contaba con la protección y la amistad de Montesquieu, hasta el punto de que cuando se le preguntó a éste en su lecho de muerte en quién confiaba más, Montesquieu mandó buscar a Castel, que ya pudo añadir a su currículo el título de “salvador del alma” del pensador francés.

Castel quería crear un nuevo estilo de arte: una música de colores, que hiciera que incluso un público de sordos pudiera disfrutar de la música. Además, estaba convencido de que la gente disfrutaría de este modo mucho más que a través únicamente de la música, sólo necesitaban habituarse a la nueva “música de color”… ¿acaso no le había costado también al público francés aceptar la música italiana?

La idea no era nueva, Pitágoras ya había hablado de la música de las esferas tras contemplar la armonía cósmica en el movimiento de los astros, y unos doscientos años después, Aristóteles mencionaba en De Sensu la posible armonía de los colores en analogía con la armonía de la música… Y fue esta misma idea la que Castel quiso desarrollar con su clavecín. Animado por la lectura de los trabajos del también jesuita Athanasius Kircher, al que denominaría “mi verdadero, primero y único maestro”, y por el tratado de óptica de Newton, Castel elaboró la base teórica de su proyecto. En Musurgia Universalis Kircher hablaba de la armonía de los colores en analogía con la armonía musical expresando que “si cuando suena un instrumento musical alguien pudiera ver los movimientos producidos en el aire, no vería sino una pintura de una extraordinaria variedad de colores”; por otro lado, los trabajos de Newton le servirían como inspiración para, entre otras cosas, diseñar una escala cuyos sonidos se corresponderían con diferentes colores. En su tratado, Newton mencionaba que las medidas que cada color ocupaba en el espectro visual se correspondían exactamente con las diferencias en el largo de una cuerda, argumento que Castel utilizaría para llegar a la conclusión de que el placer de todos nuestros sentidos consistiría en el mismo tipo de vibraciones, aquellas que poseían una proporción armónica. A partir de estas lecturas, Castel elabora un sistema de 12 colores correspondientes a 12 sonidos de la escala cromática desde do mayor: azul, verde celedón, verde, verde oliva, amarillo, marrón barbecho, nacarado, rojo, carmín, violeta, ágata, violáceo… Pero, ¿cómo distinguir una octava de otra? Encontrará la solución en el uso del claroscuro, que hacía que según ascendiéramos obtuviéramos escalas compuestas por los mismos colores pero un grado más claro cada vez. Como estipuló que existían 12 octavas completas entre el negro y el blanco, el clavecín ocular debía tener 144 teclas. Con estas ideas en mente, Castel pondría manos a la obra en la construcción de la que iba a ser su mayor obra: el clavecín ocular.

A través de Mercure, que por aquel entonces se tenía por publicación cultural de referencia, presenta su “Clavecin pour les yeux, avec l’art de peindre les sons, et toutes sortes de pièces de musique”, donde expresa su creencia en la analogía entre el fenómeno del sonido y de la luz, así como entre los tonos y los colores –sobre todo por su cualidad de ser ambas fenómenos vibratorios–, y que el placer estético deriva de la proporción armónica. A continuación, propone tomar un clavicordio normal y añadirle un mecanismo de tal manera que al presionar una tecla se abra una válvula que produce el tono deseado pero también una cortinilla que descubre un panel de color, aquél asociado a la nota correspondiente según el sistema de escalas que él mismo ha desarrollado. El instrumento atrae la atención del público, y muchos se sienten fascinados por él, como el compositor alemán Telemann, quien en 1739 llega a viajar a Francia sólo para verlo, y más tarde escribirá y compondrá algunas obras para él.

Pero el entusiasmo de Castel es imparable y pronto va mucho más allá: atendiendo al resto de los sentidos también propone una música de olores, posibilidades táctiles o sabores, para lo cual únicamente había hacer que el mecanismo mostrara otros tipos de “materias”, como botellas que contienen diferentes olores… etc.

Los años pasan y surgen las dificultades, en 1748 Castel afirma que no abandonará su habitación hasta haber concluido su instrumento, pero la verdad es que se encuentra solo y sin dinero. Los gastos de la construcción del instrumento entre los años 1751-52, pese a que no se habían logrado grandes avances, superan el salario de varios años de un obrero cualificado.

En 1755 aparece una nueva versión del instrumento, más potente para poder ser mostrado ante un mayor número de público, y Castel planea dar dos últimos conciertos públicos ante unas 200 personas en un intento de dignificar el instrumento. De este último prototipo se dice que poseía vidrios de colores y cerca de quinientas velas y espejos para iluminarlos. Morirá dos años más tarde sin haber llegado a completar su instrumento.

¿Qué pasó después? Otros autores construirían su propia versión más evolucionada del modelo de Castel, pero a lo largo del siglo XVIII las ideas estéticas cambian, la imitación de la naturaleza es sustituida por una mayor valoración de la expresión y la subjetividad, la armonía de los sentidos pasa a ser asunto de la imaginación, lejos de la mera descripción de un proceso físico y, por otro lado, comienzan la críticas a los métodos de Newton y los empiristas se preguntan si las percepciones de los sentidos son de fiar. Las teorías de Castel, que habían sido severamente criticadas desde un punto de vista científico, también son ahora cuestionadas desde una perspectiva artística. Goethe ni siquiera menciona los trabajos sobre el color realizados por Castel en su tratado sobre los colores, aunque debemos tener en cuenta el carácter “olvidadizo” de Goethe, que ni siquiera envía una nota de agradecimiento a Schubert cuando éste le manda algunos de sus lieder basados en textos suyos… a Goethe no le gustaban los lieder de Schubert, puede que tampoco le apasionaran las teorías de Castel. A comienzos del siglo XIX su nombre está completamente olvidado. Sin embargo, la curiosidad por el fenómeno de la sinestesia en el siglo XIX despertará un nuevo interés, no sólo en Europa, por la “música del color”. Inmediatamente se construyen nuevos aparatos, Scriabin compone en 1908-1910 su poema sinfónico “sinestésico” Prométhée, le poème du feu –obra, no lo olvidemos, para orquesta y tastiera per luce–, y todos parecen interesarse por la relación música-color:Kandinski (recordemos su correspondencia con Schönberg),los futuristas… e incluso los teosofistas, que intentan construir un órgano de color que justifique sus principios espirituales; surgen experimentos como los de Wilfred y su nuevo arte denominado “Lumia”, los filmes de Ruttmann y Fischinger (que trabajaría con John Cage)… y un largo etcétera que nos lleva hasta expresiones más modernas de un fenómeno asociativo de los sentidos, especialmente desde aquel famoso viaje en bicicleta de Hofmann que marcó el nacimiento del LSD, aunque resulta vano decir que Castel se anticipó siglos a los alucinógenos. ¿Qué pensaría el jesuita francés de todo lo que ha ido surgiendo tras él? ¿Qué opinión tendría de los liquid light shows de grupos de la psicodelia de los 60 como Greatful dead o Jefferson Airplane? Para mencionar algo más reciente ¿qué le parecerían obras científico-filosóficas de artistas como Evelina Dommitch y Dmitry Gelfand? Resultaría divertido poder imaginar a Castel en nuesto siglo XXI… Pero eso es otra historia.

Ana Mª del Valle Collado

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