Wild Beasts
Las fieras que amansan la música.
O2 Shepherd's Bush Empire, Londres. 23 de noviembre de 2011.
Íntimos y cautivadores, misteriosos y apacibles, así salieron a las tablas del O2 Empire de Londres las Bestias Salvajes, Wild Beasts.
Puntuales, sin mediar palabra, sin el típico “Buenas noches, estamos encantados de estar aquí” Hayden Thorpe y sus chicos hicieron sonar los primeros acordes de Bed of nails, rompiendo el silencio y desatando el delirio entre las casi 1000 almas que abarrotaron el antiguo teatro londinense.
El característico falsete de Thorpe inundó cada rincón de una sala de acústica destacable. Un rombo de luz poseída por el ritmo de la música iluminaba al “frontman” de aire dandi, a Tom Fleming con su característico gorro, a Chris Talbot talentoso batería y a Ben Little, que se mimetizó con su guitarra en cada nota y cada movimiento.
El single con el que abrieron el show, su éxito We still got the taste dancing on our tongues, y Albratross se sucedieron sin ninguna interacción con el público, sin presentaciones, nada. Entre ellas sólo se oían los aplausos y gritos apurados, interrumpidos por el inicio de la siguiente canción.
Quizás por esa timidez que parece común a todos ellos, quisieron esperar a quedarse a solas con nosotros. Porque, cuando después de las tres primeras canciones, lentes curiosas de cámaras de foto y vídeo tuvieron que abandonar la sala, llegaron las primeras palabras “Gracias, gracias por haber venido, que empiece la fiesta”, dijo Tom.
Y los cuatro hombres sobre el escenario desataron sus voces, sus movimientos, y nos dejaron ver más de cada uno. Tom calmaba sus cuerdas vocales con cerveza, mientras Thorpe afinaba las suyas con una copita de vino tinto que alzaba hacia el público.
Smother, su último trabajo, tiene una potencia y fuerza implícita, sutil. Son temas más lentos, con beats marcados pero con punteos de guitarra calmados y melodías envolventes que piden ser disfrutados en la intimidad. Por ello, intercalar éxitos más movidos de su carrera (en una secuencia prácticamente nuevo/anterior) fue un acierto que dio agilidad y convirtió el show en una montaña rusa de sensaciones.
Incluso el público inglés, que en ocasiones parece que ni siente ni padece, se rindió a los agudos casi imposibles de Hooting and Howling de Hayden, Thankless, o Plaything para abandonarse finalmente al antojo de los acordes y letra de Deeper, en la voz de Tom.
La emoción con la que la interpretó se adueñó de muchos de los presentes obligándoles a cerrar los ojos, dejando una estampa de cabezas alzadas disfrutando en “soledad”.
Es un regalo sonoro que sume a quien lo escucha en una extraña sensación de placer, culpa y vergüenza, porque escucharlo es como desvelar un secreto, mirar a través de una cerradura, desnudar un cuerpo y ver bajo la piel.
Con los golpes de batería que dan inicio a All the king’s men desapareció la versión sensual y romántica de la seductora voz de Fleming liberando la dominante, sexual e instintiva.
Las palmas hicieron temblar las paredes del lugar, el O2 Empire se vino abajo. Y continuaron metamorfoseadas en aplausos pidiendo el retorno de la banda, que se marchó al backstage alzando las guitarras.
Y no pararon, no pararon las palmas, ni los gritos, hasta que los Wild Beasts volvieron al escenario.
Antes de irse, esta vez definitivamente, dejaron una performance de esas que se paladean, una canción fragmentada en dos, con casi cinco minutos de música sin letra con la aparente ausencia de la banda sobre el escenario (estaban sentados y en cuclillas en el suelo, casi imperceptibles entre cables, pies de micro y amplificadores).
La cuenta atrás, desde cinco, marcada por los dedos de la mano alzada de Hayden, ya al teclado, avisaba de que el final estaba cerca. Fue la última oportunidad de la noche de sentir –más que de escuchar– la música de una de las mejores bandas del momento.
Su sonoridad es impecable, su calidad vocal incuestionable, su directo mejor que en estudio. Son casi perfectos. Y digo casi porque tratándose de Wild Beasts, una banda extraordinariamente particular, extraña, interesante y atractiva en tantos aspectos, la perfección sería un defecto más que una virtud.
Natalia Otero